Creemos un espacio donde la belleza sea vista. Porque ser, siempre está siendo.
Te acompaño en la búsqueda de una mirada amable, inocente, juguetona y respetuosa hacia ti. Como te ves tu, ves el mundo.
Es inevitable toparse con prejuicios, creencias y muchos personajes que luchan (literal) por ser fotografiados. Les vemos, les dejamos ser, les aceptamos, y les dejamos ir. Y ahí es, donde apareces tu. Sin buscarlo, sin forzar y prácticamente sin hacer nada. Porque lo que es, siempre está siendo.
Y así usamos el retrato como «barrendero» de nuestros personajes, como Totem, como imagen de poder, como acto sagrado y sobre todo, como juego. ¡Qué divertido es cuando nos miramos con curiosidad! ¿Quién soy? ¿Qué me ofrece este cuerpo? ¿Cómo me miro?
Elijo la fotografía analógica porque me obliga a ser paciente y a creer en la magia. A suprimir la inmediatez, a disfrutar del proceso.
La fotografía analógica consiste en un diálogo de luz y oscuridad. La oscuridad se vuelve sensible a la luz, y al incidir la luz, lo que era oscuridad, se vuelve Tu. Yo. Nosotros.
El autorretrato es una herramienta que llevo conmigo desde los 20 años, que mi mamá me regaló su vieja Minolta. Desde entonces, fue mi lupa, donde mirarme, curiosear, mostrarme, posar, sentirme incómoda quizá, para luego sentirme tan a gusto, porque la cámara, y mi mirada, se convierten en aliada.
Aun no sé si es un proceso de afuera hacia adentro o viceversa. Lo que sí sé, es que a base de mirarme, llegué a verme. Y qué hermoso es verse y sorprenderse!
En cada sesión me doy cuenta que la fotografía es solo un gesto que no retrata la belleza. Sino el encuentro con ella.