A veces ocurre que me levanto y el cuerpo me pide paseo.

Salgo para el monte abierta a lo que ocurra, procurando dejar la mente al inicio del sendero.

Camino y agradezco. Veo unos helechos secos marrones y de repente la idea de la muerte me atraviesa. Y lloro.

Me sorprendo por el arrebato y doy gracias a la Vida y a las muertes constantes y cotidianas. La puesta de sol. Las rosas que se marchitan. Los helechos que se secan. Los arboles que mueren y las hojas que caen. Las hormigas que piso sin querer y algún mosquito que mato queriendo. Los Yoes que dejo atrás. Las relaciones. Las casas. Los libros que termino. Las fotografías que archivo. Procesos que nacen y mueren cada día. Células que nacen y mueren cada día. Personas, trabajos, memorias, enfermedades y gozos que despido.

Y lloro, no por la muerte, si no porque me olvido de ella. Porque olvido honrar todos los procesos. Todas las experiencias. Todas las existencias. Aún las que no comprendo.

Camino y veo la vida en los árboles muertos. Las telas de arañas en las ramas secas. Los insectos que se alimentan de plantas. Los pimientos del huerto marchitos por algún hongo. El rocío que se evaporará en unas horas. Y cuando vuelvo al inicio del sendero, en el mismo punto donde vi los helechos secos y marrones, el Viento, mensajero divino, hace danzar las ramas de un árbol y hay una lluvia de hojas amarillas. Las hojas bailan hasta cuando caen. Su última danza honrando el proceso.

¡Cuánta vida hay! Te honro Vida. Y cuando digo Vida digo Muerte.

La Belleza Es Transformación.

¡Acepto la muerte! Y cuando digo Muerte digo Vida.

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Y estas fotos son mi manera de honrarla. Recojo algunos helechos secos. Hago el camino de vuelta sintiendo su tacto en las manos.

¡Qué dificil (parece) mirar a la Muerte de frente! Aceptarla para finalmente Rendirse a ella.

Conecto con el poder de mi vulnerabilidad y la miro. Click!

Y al instante cae la lluvia. Resguardo la cámara y me rindo a ella. Click!

 

Si no tienes en cuenta a la muerte, todo es ordinario, trivial. Sólo porque la muerte nos anda al acecho es el mundo un misterio sin principio ni fin.»

Castaneda, Carlos. Relatos de poder, p.154